Siete meses y siete días

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Déjame que te diga que estas mariposas no vuelan por ti. Déjame que te explique que cuanto más intentes alejarte de mí, más te acercarás porque la Tierra es redonda ¿o es que no lo sabías ya?. Déjame que disfrute de cada frase que me digan, aunque no me guste y a la vez no me duela tanto como si saliese de tus labios. Déjame que me cuelgue cada noche de alguien que me llame princesa. Déjame que me haga ilusiones pensando en cosas que podrían haber sido, y al final nunca fueron. Déjame que me regodee de tu arrepentimiento. Déjame que, a un mes de volver al paraíso, haya recordado las condiciones en que me marché la última vez y perdóname por haberle escrito.

Perdóname por haber abierto la Caja de Pandora, por haber liberado fantasmas del pasado, por juntar lágrimas y alcohol, por decir las cosas que pienso aunque te duelan, aunque nadie te las haya dicho antes. Perdóname por haberte mentido, porque siempre me costó decidirme, por no saber cuál es la de cal y cuál la de arena. Perdóname por no luchar por mis sueños. Perdóname por pensar que eras diferente, que no eras como los demás. Perdóname por odiar tu libro favorito y haber devorado el que me recomendaron los ojos verdes. Perdóname por haber fingido.

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Fingí una sonrisa, un abrazo, un te quiero, un orgasmo. Fingí no verte entre toda esa gente, aunque por el rabillo del ojo sabía que me estabas mirando. Fingí no saber de qué me hablabas cuando me pediste que apartara esa mirada. Fingí que no me importaba y que todo estaba bien, que era lo que yo también quería. Fingí que nunca había oído hablar de ella y que no conocía su cara. Fingí que te escuchaba mientras me hablabas y en realidad solo pensaba en lo que me gusta besarte en la boca.

Pensaba en escapar contigo. Pensaba que no te enterabas de cómo le miraba. Pensaba que era nuestro secreto. Pensaba que algún día todo llega. Pensaba que a los 18 me iba a comprar un Seat Ibiza. Pensaba que iba a tener trabajo después de acabar la carrera. Pensaba que me encantaban los rubios y últimamente me derrito con los morenos. Pensaba que jamás podría aprender un idioma nuevo. Pensaba que el Karma estaba en positivo y ayer me demostró que le tenía muy negativo. Pensaba que eras consciente de que, a veces, todo es un papel. Pensaba que te había dicho que no te fiaras de mí, porque escribo. Pensaba que sabías lo que hacías. Pensaba que te gustaba que te hiciera cometer locuras, beber cerveza a morro y luchar contra una tempestad al lado del mar. Pensaba que me escribirías y que quedarías conmigo. Y no pensaba que el momento fuera a durar más de una semana, y han pasado exactamente siete meses y seis días.

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Siete meses y siete días en los que podría haber escrito un best seller, el guión de una película o la serie revelación de HBO. Siete meses y siete días para comprender más sus incomprensiones. Siete meses y siete días para mezclar ginebra, sexo, política, literatura y viajes. Siete meses y siete días en los que poder reinventarse y hacerse a sí misma. Siete meses y siete días en los que llenar el armario de nada que ponerme. Siete meses y siete días para reír y llorar en una proporción de 80-20. Siete meses y siete días sin ningún arrepentimiento. Siete meses y siete días para afianzar mis teorías sobre el síndrome Peter Pan. Siete meses y siete días de un tira y afloja que ha terminado por romper la cuerda. Siete meses y siete días esperando que alguno de los dos se enamore y la joda. Siete meses y siete días para darme cuenta que no me puedo resistir a sus ojos verdes.

Siete meses y siete días es lo que llevamos de año. Es el aniversario de un beso. El comienzo de algo grande. De este magnífico año. De que, al final, el tiempo pone a todos en su lugar. Y mucho más. El tiempo es un buen consejero y mejor amigo. Hace que olvides, que perdones, que deje de doler. Que antes no podías ver su foto sin que te diera un vuelco el corazón y que ahora no te acuerdes ni de cómo sonaba su risa. Siete meses y siete días han pasado desde la última vez que llegué a casa con una media rota.

Siete meses y siete días desde que te pedí que me sacaras de ese bar y en volandas me llevaste a esa habitación. Siete meses y siete días desde que me lié un cigarrillo apoyada en la ventana con un vestido palabra de honor de fiesta y un moño mal hecho. Y tus amigos se reían. Siete meses y siete días he tenido para leerme solo buenos libros, para bañarme en el mar, tomar el sol. Siete meses y siete días para bajar un par de tallas. Asomarme al balcón, mirar la puesta de sol, hacer fotos. Siete meses y siete días para descubrir nuevos paisajes que no estaban tan lejos y que nunca nadie me había enseñado. Siete meses y siete días para acabar con ese absurdo malestar, para conseguir un objetivo, para caminar con más seguridad.

Al final, tras siete meses y siete días, me siento como en un anuncio de licor. La calle vacía, camisa remangada, americana al hombro, descalza agarrada a su brazo y unos tacones de la mano.

Los problemas siempre empiezan por unos tacones.

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