Sotto il sole della Toscana

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«Había llegado a ese punto de emoción en el que se encuentran las sensaciones celestes dadas por las Bellas Artes y los sentimientos apasionados. Saliendo de Santa Croce, me latía el corazón, la vida estaba agotada en mí, andaba con miedo a caerme«, Stendhal. 

No he sufrido el Síndrome de Stendhal (yo estoy más cerca del Delirium Tremens, como Sabina) ni tampoco conozco a nadie que lo haya padecido, pero puedo comprender y comprendo perfectamente a las personas a las que les ha dado un vahído en Firenze. Porque ¿sabéis? no todo el mundo puede llevar de la misma forma estar en la ciudad más bonita del mundo, la cuna del Renacimiento, tomándose una birra tan tranquilamente en Piazzale Michelangelo mientras observa la puesta de sol. 

Aquí es cuando introduzco un coloquio sobre inteligencia emocional y ustedes se pasan al blog de Paula Echevarría, así que solo diré lo importante que es canalizar nuestras emociones para no montar un espectáculo en la Galería de los Uffici. En la que, por otra parte, siempre habrá un italiano bien dispuesto a sujetar su hermoso cuerpo (tanto si es mujer, como si es hombre) a fin de que no se haga ningún destrozo contra el suelo -o que el suelo no se estropee-. 

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Firenze es magnífica, colosal. Es una ciudad que ofrece posibilidades inimaginables. Tabernas para anglosajones, zapatos españoles, comida japonesa, indios que venden Limoncello, plazas repletas de estudiantes, discotecas de hip-hop, fotomatones en blanco y negro, de los que puedes poner cuatro caras diferentes. Como en las pelis, como en los viejos tiempos. Ya tengo todo un elaborado plan para hacer unas cuantas originales. 

Cuesta encontrar una pizzería y una buena bisteca alla fiorentina. De las buenas-óptimas, quiero decir. Así que les ahorraré el tedioso paso de tratar de entenderse con un italiano y les diré que la mejor pizza está en ‘Gusta Pizza’ (Santo Spirito) y que para comer la famosa bisteca, lo mejor es marcharse del caos turístico y escapar a las afueras, como a Fiesole donde al lado de la iglesia hay un restaurante llamado ‘I’Polpa’ en el que sirven carne chianina, la genuina e inimitable vaca toscana. 

No tengan ninguna duda de que la vida de por sí es maravillosa, que cada día cuenta, que vivir es para valientes, pero reconozco que a mí me ha tocado the clear side of the moon y que pasar todas las mañanas por la Basílica de Santa María del Fiore mientras unos tímidos rayos de sol chocan contra mi pelo o sentir la humedad del Arno en los huesos -a la vez que pienso si alguna vez el Ponte Vecchio cederá-, es como para que te den juntos todos los síndromes y teleles habidos y por haber. 

Seguiré controlando mis emociones y escribiendo. Por la cuenta que me trae. 

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