La città dagli occhi blu

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En lugar de buscar la felicidad, he dejado que ella me encuentre a mí y he empleado todo este tiempo en hacer lo que más me gusta: viajar. Y me he dedicado a buscar los siete secretos de Bolonia, y el que «cerca, trova«. Y  ya que me pongo en modo refranes y frases hechas ON, os aseguro que no he hecho ni pizca de caso a eso de que «al lugar en el que has sido feliz no debieras regresar». Y he vuelto.

Han pasado tres años desde que me enamoré de un país y han sido tres años en los que he vivido convencida de que mi tiempo aquí todavía no había terminado. Que aún tenía una cuenta pendiente con los spaghetti -en España les llamamos macarroni, pero en el resto del mundo, incluso entre ellos mismos, se denominan spaguetti. Vamos a hacer las cosas bien por una vez, españolitos- y que necesitaba, para terminar/empezar esa etapa de mi vida, volver.

Que Italia nunca defrauda es un hecho, que me siento más tranquila y realizada que antes, es otro.

Este período aquí me ha hecho ver las cosas desde una óptica muy diversa a cómo las veía hace tres años. Esto no es un Erasmus. Esto es ser adulta. Cumplir unos horarios laborales, unos objetivos empresariales, administrar tiempo y dinero porque los años te hacen ver que las cosas -buenas o malas- no son infinitas. Pensar en el futuro y en qué haré a mi vuelta. En que no quiero volver y qué tengo que hacer para quedarme. Y que sí, que soy una superviviente de esta crisis.

Escuchar más de ocho horas diarias italiano, huir de los españoles, de los guiris y sobre todo de la plaga de Erasmus que asola esta bella ciudad. Como consecuencia, hablar y entender italiano también los fines de semana; todo ello hace que al final lo haya conseguido: he soñado en italiano. Y parece una tontería, pero es que hace cuatro años dije en alto que «no me creía capaz de aprender un nuevo idioma» y ahora solo pienso en la lengua de Dante.

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Cuando no tienes dinero, disfrutas más de los pequeños detalles. Cuando no estás en casa, aprecias más la comida casera. Cuando no tienes tiempo, aprovechas al máximo los segundos que tienen los minutos que ojalá no terminaran siendo horas, días, semanas, meses…

Así que para mí, ahora, un puente de viernes-sábado-domingo se convierte en las mejores vacaciones del año. Y si a eso le sumas la buena compañía, las risas, las cervezas, los abrazos, los besos, las miradas y los sueños, te planteas reinventar el concepto de agencia de viaje y escribir folios y folios sobre cómo viajar al fin del mundo.

Desde esta nueva óptica, regresé al lugar en el que había sido feliz, a Trieste, al norte. Donde el italiano es diferente; donde ves y hueles el mar; donde el café se pide de otra forma; donde las calles son señoriales, limpias, organizadas; hay montañas, y verde, y hojas de otoño. Una pizza cuesta 5€ y puedes degustar un magnífico plato de spaghetti vongole sin necesidad de tener que preguntar «c’è qualquna cosa senza carne?».

Qué voy a decir, soy una chica de mar y es lo que hay.

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Mis ojos tornaron súbitamente mucho más verdes y brillantes, incluso creo que se llenaron un poco de salitre al volver a contemplar la grandeza de una puesta de sol en el Adriático. En ese mismo Adriático en el que me bañé junto al muelle una noche de esas que todavía no es verano pero hace un calor infernal. Me lancé al mar sin pensar en cómo volver a subir o en la cantidad de medusas gigantes que hacían guardia 365 días al año contra las piedras. Todo eso lo pensé luego. Lo pensé cuando sentí sus cuerpos gelatinosos en medio de la oscuridad -no son de las que pican- y cuando llegó la hora de volver a la superficie, como la Sirenita cuando va en busca del príncipe. 

Volví al restaurante en el cené el primer día. Un restaurante con nombre de ciudad brasileña.  

Y a pasear por sus calles, de las que no me había olvidado. De las que aún conservo recuerdos en cada una de sus esquinas. Cafés que compartí, cervezas de más que tomé. Trieste es esa clase de ciudad en la que puedes volver de noche, sola, caminando y no percibes peligro. Es la ciudad ideal para los domingos por la tarde. Es la ciudad de la Barcola -para los amantes de la vela- y la ciudad de las ferias -no he visto jamás tantas- el chocolate, los tatuajes, la Navidad, etc. 

La ciudad con la plaza abierta al mar más grande de Europa, cuyos edificios tornan dorados con cada puesta de sol. Donde el acento italiano es delicioso, la frontera con el resto de Europa. Un lugar que alberga demasiado dolor por las diferentes guerras y los cambios demográficos que ha sufrido. Medio austriaca, medio húngara, empapada del carácter italiano. Con una ‘minoranza’ eslovena que aún conserva escuelas, poblaciones y costumbres, donde a partir de mayo los productores ofrecen su vino al público, en su propio jardín, para degustarlo al calor del sol primaveral junto al mejor embutido y huevos cocidos salados. 

Se me llena la boca al hablar de esta ciudad. 

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