San Ballantine’s

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Voy a hablaros de amor.

Sí, así, sin previo aviso ni calentamiento. De amor porque acabamos de empezar febrero y como todos sabemos el 14 es San Valentín, el supuesto y presunto -no sea que alguien me meta una querella- día de los enamorados.

Una amiga mía ha debido de leer algo en Twitter y entre risas repite que «no es por meter prisa, pero quedan quince días para San Valentín y  sigues soltera». Y cuando lo dice se refiere a ella misma y a todas porque en mi grupo de amigas somos unas supervivientes. 

Para mi padre soy la niña de sus ojos y ya me ha dejado bastante claro que no le gusta mucho la idea de verme con un chico. Siempre me dice que soy muy joven y me parece curioso, porque hace nada, en la época de nuestros padres, los hijos se tenían con 21-28 años. Una cosa de locura, impensable, catastrófica y horrible ahora mismo. VADE RETRO. Cómo ha cambiado el concepto de ser joven en 25 años, ¿no?. 

No es la única cosa que se ha modificado genéticamente -no se puede cuantificar el tiempo porque no es tiempo universal, es personal-, también lo han hecho las ilusiones y las ganas. Me acuerdo de esa canción de la Oreja de Van Gogh -sí, lo sé, perdonadme- que dice que «el amor verdadero es tan solo el primero». 

Al principio no entendía muy bien a qué se refería, es decir, ¿los amores van mejorando con el tiempo, no? ¿Cómo va a ser mejor la relación con tu noviete de los 17 que con tu futuro marido? Pues bien, esta (los pronombres demostrativos ya no se tildan) es una verdad absoluta. Es como Gran Hermano 1 u Operación Triunfo 1. Allí nadie sabía nada; ni concursantes ni espectadores ni directores ni guionistas. Todo era improvisado. Over the march. A ver qué pasa. Y lo que pasaba es que las cosas originales y naturales son las mejores, pero las segundas, terceras y vigésimo segundas (hablo de ediciones de reality shows y de relaciones) están contaminadas. Todos sabemos cómo funciona, qué hay que hacer, tenemos una estrategia y claro el objetivo. 

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Adiós naturalidad. Ya sabes de qué va el juego, más o menos te conoces las reglas. Pero lo peor de todo son las comparaciones. Queriendo o sin querer comparamos y nos acordamos de nuestra última relación: cómo nos miraba, cómo conducía, a dónde nos llevaba, cómo nos hacía el amor o la manera que tenía de decirte «buenos días princesa». Tengo una buena noticia: no es para siempre. Solo dura los primeros meses y se agudiza si hace poco que tienes el título de ex.

Por eso os digo que ninguno es como el primero. Seguro que sabéis de qué hablo: esa mirada ya la habéis puesto antes y en esa esquina fuera de la discoteca ya has estado besándote con alguien antes; sabes que te va a escribir al día siguiente o a la semana siguiente, que seguiréis hablando, que sentirás un impulso en el corazón cada vez que oigas el teléfono, que te agobiarás porque no te contesta y que al principio no sabréis muy bien de qué hablar. Que cada vez sentiréis más esa necesidad de estar pegados y que al final, al cabo de más o menos tiempo, acabaréis siendo novios. 

Evidentemente no es sota, caballo, rey pero se le parece mucho. ¿Os creéis especiales verdad? Pues no. El amor es el sentimiento más universal que existe. Todos lo experimentamos de igual forma, todos sentimos las mismas cosas y muy a mi pesar, es algo químico. Jodidamente químico. 

Carmen Amoraga, la ganadora del Premio Nadal 2014, me decía este verano en una entrevista que «nuestras reacciones, cuando estamos enamorados, son fruto de esa química que almacenamos en el interior» y explicaba por qué del amor al odio hay solo un paso y es que, según la escritora, “ambos sentimientos están sujetos al mismo proceso; nuestro cerebro genera una especie de droga que nos puede llevar al éxtasis o a la depresión más absoluta”

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Y yo creo que tiene razón. Y añado que hemos visto demasiadas comedias románticas, ¡pero oye!, yo soy la primera que opina firmemente que la vida es puro teatro, que nosotros somos los directores y tenemos la oportunidad de dirigirla como nos apetezca (yo me pido un Matthew McConaughey). Y si nos da la gana soñar, pues soñamos que para eso vamos a estar aquí dos días y que hay que perseguir las cosas que te hacen feliz -aunque algunas, como precisamente esta, traen graves consecuencias de infelicidad-. 

A pesar de todo y con todo, no vale tirar la toalla. Somos seres sociales por naturaleza y tenemos un instinto de reproducción como el resto de animales que la mayoría logramos controlar por la cultura que hemos aprehendido, con la que vivimos y, a veces diría, bajo la que estamos sometidos. Y luego lo adornamos como nos parezca, como los árboles de navidad: recargado, sobrio, cursi, etc. 

Yo voy a hacer como que no me acuerdo de nada y seguiré proponiendo baños en el mar a las cinco de la mañana, y manchando la nariz de mi compañero de helado. Iré la primera vez al cine sin saber si come palomitas o si le gustan las películas de miedo, me montaré en su coche desconociendo cómo conduce y me quedaré esperando a ver dónde coloca su mano derecha -en el volante, en la palanca de cambios o en mi pierna-. Si es del lado derecho o del izquierdo en la cama, si le gusta más la playa o la piscina o si come de todo o por el contrario es un rarito culinario.

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A cambio -sí, no soy tan egoísta- me declaro abierta a nuevas aficiones. Estoy muy dispuesta a no hacer las cosas como las hacía y a probar comidas exóticas. A ir a conciertos de grupos que no conozco y leer libros que me recomienden. A dejarme llevar a ver qué pasa. Intentaré no esperar nada en concreto, que además es la mejor forma de no llevarte decepciones, y me encantaría ir a un lugar nuevo como si llevara los ojos vendados, aunque ya haya estado mil veces antes y descubrirlo de nuevo contigo, quien quiera que seas, desconocido.

Es mi amor y esta es mi forma de adornarlo. No he leído tantos libros ni visto tantas películas para pasarme la vida con la certeza absoluta de cuál será el siguiente paso. Los que nos enfrentamos a folios en blanco, le tenemos miedo a muy pocas cosas. 

¿Mi recomendación para el 14 de febrero? -Celebrad vuestro particular San Ballantines (con coca-cola) que cae en viernes y quién sabe, igual os vuelven a sorprender. 

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