De hombres y diosas

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Dicen que no nos entienden. Que ni nosotras mismas sabemos lo que queremos. Incluso algunos han elaborado listas de una complejidad intelectual pasmosa para dejarnos claras unas reglas, como por ejemplo “que sí es sí y no es no” -como si no lo supiéramos ya-. Y me lo creo, me creo que no nos entiendan porque emocionalmente estamos a años luz de ellos: somos más pasionales, nos duelen más las cosas, tenemos un sentido claro de lo que está bien y de lo que está mal, tenemos mucha más intuición y las cosas nos afectan más. Puede que sea por esto por lo que aún no hemos dominado el mundo o puede que sea también que ellos nos han tapado durante siglos con su arma más poderosa: la fuerza física. Porque eso sí que lo voy a reconocer, yo con mi metro sesenta entro en las atracciones de Port Aventura y da las gracias. 

Muchos osados se atreven a tener un “todas son unas hijas de puta” por bandera. Y no chicos, no todas lo somos -aunque a mí me estáis convirtiendo en una-. Igual que quiero creer que vosotros no sois todos iguales, aunque aún ninguno me haya demostrado lo contrario. 

Hace poco escribí un tuit que decía que a las inteligentes nos cuesta -voy a ser fina- encontrar pareja. Y no es que exijamos demasiado, somos inteligentes no superdotadas, y con un par de dedos de frente y algo de conversación estamos contentas. Lo que pasa, y ayer me lo dijeron aunque no era la primera vez, es que os acojonamos. Y lo reconocéis. Una chica mona, inteligente, culta, con iniciativa e independiente da miedo. Da miedo porque en una sociedad tan machista como esta el hombre, por Dios, por Dios, ¿cómo se va a sentir inferior a una mujer? ¿Cómo va a aclararse a la velocidad que lo hace ella?

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¿De dónde viene ese complejo, chatines? Yo no creo que seamos ni más ni menos, somos diferentes. La naturaleza nos dio una intuición divina y a vosotros la altura y la fuerza. Y la calvicie no excepcional. Y eso es lo que asusta: que sepamos la respuesta antes de formular la pregunta, que sepamos con una mirada todo lo que se os pasa por la cabeza, que una sola palabra signifique más que una conversación. No somos complicadas; somos complejas.

Es cierto que muchas veces no tenemos claro cristalino lo que queremos, pero la mayoría sí sabemos lo que no queremos. Tenemos un reloj biológico extremadamente puntual en nuestro interior y la alarma suena con frecuencia. Nosotras no podemos dejar el trabajo con 32 años y pasarnos dos años de paro viviendo la vida, de fiesta en fiesta, viajando y conociendo chicos. Qué más quisiéramos. A nosotras a partir de los 35 años, cuando nos quedamos embarazadas, nos hacen obligatoriamente una prueba llamada amniocentesis porque es cuando definitivamente ha aumentado la probabilidad de que el bebé nazca con anomalías cromosómicas. Treinta y cinco años. 

Lo repito: treinta y cinco años. 

La edad ideal de una mujer para concebir está entre los 22 y los 30. Y solo escribiéndolo ya me estoy agobiando. No es que tengamos prisa y vayamos a hacer las cosas a lo Manolo y Benito, es que tenemos urgencia biológica. No somos Papuchi. Por eso nos tomamos todo mucho más en serio y por eso solemos estar con chicos más mayores que nosotras, a parte del grave problema de madurez que siempre tendrán los chicos de nuestra edad. Mi profesor de inglés me decía que no es que sean unos inmaduros, es que la parte infantil de un hombre, al parecer, nunca se va del todo. Qué romántico y bonito, pensaréis. Pues no lo es. 

Esto no es un manifiesto feminista, porque aún no tengo demasiado claro el término. Yo estaré siempre a favor de la igualdad, tanto para hombres como para mujeres. Y no, no creo en la discriminación positiva. Esto es una especie de queosenteréisdeunaputavez

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Lo de los príncipes azules lo hemos dejado bien guardados en los cuentos, creo que pocas de nosotras creemos en ellos aunque si nos hubiéramos dado cuenta antes, nos habríamos ahorrado besar a tantas ranas. Buscamos algo normal. 

Un chico guapo (no hace falta que lo sea para todo el mundo, con que lo sea para nosotras es suficiente) y alto. Que tenga buena conversación, le guste el cine -ejem, el buen cine- y la comida española, italiana, china, japonesa, mexicana, hindú. Que adore comer, porque a mí me encanta. Y no hace falta que tenga musculitos, toleramos la barriguilla. Que escuche cualquier tipo de música menos pop, Melendi, Dani Martín, chunda-chunda y Reaggeton. Y que nos enseñe a entender sus gustos. Que lea, que viaje (esto es top ten de importancia). Que no escriba todo el rato a todas horas, pero está genial cuando no te lo esperas porque sabes que se acordaba de ti. 

Que nos sorprendan. 

Y sobre todo y por encima de cualquier cosa, que nos respeten y nos traten bien. Ya sabéis, los capullos no regalan flores. Y jamás os rebajéis. 

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