Salta

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Life is lived on the edge.

Hemos estado miles de veces sentados en el borde del precipicio, con las piernas colgadas en el vacío del confín, desafiando la gravedad, sujetando el alma en un pulso con el equilibrio. Y hemos mirado hacia atrás con la esperanza de atisbar una oportunidad pero sabiendo que no cabía opción de retorno.

Las circunstancias nos han apuntado con sus huesudos dedos. Ellas, tercas, malvadas, nos observaban con la distancia prudencial de quién mira con inmoral placer la cautividad de unos atrapados y condenados dulces gatitos con aspecto de fieros leones en un zoológico cualquiera, de una ciudad cualquiera, repleto de humedad e insalubridad, donde se fuma el ansia de libertad y se aburren las fieras de ser observadas y vapuleadas por unos animales.

Ellas, dañinas y vengativas, reían con la excitada crueldad de quién ve tropezar a su peor enemigo, sabiendo y haciendo notar en sus huecas carcajadas que nos empujaban directos y sin remedio a un enigmático salto del que solo sabes con certeza que dolerá.

(Las circunstancias, muchas veces, no te ofrecen más que una opción. Como si tuvieras ganas de comerte un helado y en concreto el de chocolate, pero llegaras a la heladería y solo quedase sabor a vainilla).

Sin embargo, otras tantas veces, se toman la licencia de darte un abanico con diferentes alturas y te dejan escoger el tipo de salto. 

Qué amables.

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Estamos en esos últimos días del año en los que echas la vista atrás y haces revisión de cada uno de estos doce meses. Somos muy fans de abrir la caja de mierda y revolverla creyendo que va a oler mejor y qué va, huele mucho peor (perdón por ser tan escatológica, pero me parece una comparación estupenda). A mí me ha durado el 2014 un suspiro y no tengo muchas ganas de pensar qué estuvo bien, qué podría haber estado mejor, qué mensaje no debí contestar y si debería haberme ahorrado algún chupito o no (y toda la verborrea que acompaña, las palabras que no tienes que decir aunque las sientas -porque no, no siempre hay que decir lo que se siente. También es importante tener secretos y evitar cosas que nos vayan a crear problemas- las lágrimas que, más que saladas, sabían jodidamente amargas y los pensamientos a horas imprudentes). Tampoco tengo ganas de recordar malos momentos, que los hay y que inevitablemente haciendo recopilación, vienen a la cabeza. 

Prefiero pensar en esas cosas que he aprendido -o que he intentado aprender- este 2014, como que más vale estar sola que mal acompañada (y tranquilas, yo también me sé la teoría de pe a pa, pero pero la práctica ya no se me da también. Será cuestión de seguir intentándolo). Que quien te quiere, te busca; el que no te busca, no te necesita y no pasa nada, en serio, él solo era uno entre un millón. Las segundas partes pueden ser buenas o un desastre, a la tercera no va la vencida y no hay nada que me haya dado más pena que abrir los ojos y mirarme a mí misma mientras pensaba: «qué cojones haces». 

Los mensajes a horas intempestivas este año no me apetecían tanto y he decidido que no se puede poner el tiempo propio en manos de alguien que no sabe ni lo que quiere, que sufre altibajos emocionales. 

Y la solución es saltar. Huir de ese precipicio. 

He conocido almas que se aprovechan de las necesidades emocionales que todos tenemos y saben que lo hacen cuando te colocan el pelo detrás de la oreja y eso para ti ya es un mundo. Y absorben egoístamente todo lo que tienes para darles y a cambio te regalan prisas, agobios, desinterés y malas caras. 

Son tan crueles que hacen que tu estado de ánimo cambie. Que te duela al respirar. Que no puedas dormir.

Mientras ellos siguen de juerga. 

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Pero me han hecho más fuerte y me siento preparada para entrar en el 2015 con la misma ilusión y las mismas esperanzas con las que afronté este año; con la sensación de que algo bueno e importante pasará. Sabiendo que las risas se multiplicarán, la reconstrucción de los hechos de los domingos por la mañana, las miradas furtivas. La gente nueva que entrará a mi vida, los que acaban de entrar y están escarbando para ahondar en ella. Las necesarias despedidas, por una cuestión de salud mental. 

Espero que hayáis aprovechado el año para conoceros mejor, para quereros más. Para superar miedos y afrontar problemas. Sé que ahora, todo lo que se os hacía cuesta arriba, es un camino llano  que hay que seguir recorriendo. 

Y saltad. Para bajar, para subir, para escapar. Saltos grandes, pequeños, trascendentes o innecesarios. Pero seguid saltando. Que no os asuste el precipicio, aunque os asoméis y no se vea el suelo. Hay que arriesgar.

Porque lo contrario de vivir es no arriesgarse. 

Feliz 2015. 

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