El mejor de los tiempos

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«Era el mejor de los tiempos, era el peor de los tiempos, la edad de la sabiduría, y también de la locura; la época de las creencias y de la incredulidad; la era de la luz y de las tinieblas; la primavera de la esperanza y el invierno de la desesperación. Todo lo poseíamos, pero no teníamos nada; caminábamos en derechura al cielo y nos extraviábamos por el camino opuesto». 

Así comienza la novela de Charles Dickens ‘Historia de Dos Ciudades’ (comprad a vuestros hijos YA libros de Charles Dickens, por favor) y así es como debería acabar porque este fragmento del libro, que por otra parte siempre me ha encantado, refleja perfectamente lo que os quiero transmitir. 

Una noche de estas me he encontrado a mí misma en el sofá viendo pasar fotos de otros tiempos mientras sonreía con cierta nostalgia, quizá por ser consciente de que nada de esos momentos volverá; nada se repetirá; nada será ni remotamente parecido. A veces no pasa nada en cuatro años, a veces en cuatro años te ha pasado todo. 

No solo es que no sea la misma, que haya perdido cierta parte de mi inocencia, que me haya crecido el pelo. Veo esas fotos y encuentro muchas diferencias. Las cejas, el brillo de los ojos, la forma de vestir, lo que pensaba, lo que imaginaba, lo que soñaba. Han aumentado las experiencias y disminuido las esperanzas. Las emociones son diversas, también la manera de gestionarlas. Ahora pienso más, pero puede que sienta menos. A lo mejor ya no soy la que robaba botellas de ron y helados. Ni si quiera la que le decía a los profesores «no me parece bien». Pero sé con claridad que entonces era feliz. Y es importante saber que se ha sido feliz, confirmar que las decisiones fueron correctas porque todos, en algún momento, cargamos con dudas y vacilamos con nuestros sentimientos.

Sé que no volveré a echar carreras de triciclos ni a recibir cubos de agua por gritar de madrugada en alguna calle. Al menos no un día cualquiera de marzo o de noviembre. Ni a freír patatas a las seis de la mañana, desayunar a las dos de la tarde, mirar portales buscando símbolos de ladrones, arrancar flores de cuajo, meter las botas en una fuente para demostrar su impermeabilidad, lavarme el pelo en una estación de autobuses o pasarme horas en vela sentada en la cocina rodeada de humo y agua caliente que sabe a hierbas.

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Sé que nunca más viviré sin preocupaciones trascendentales ni iré a clases a la universidad ni a comer manzanas en el muelle un maravilloso día de primavera que no puedo sacar de mi memoria. Sé que te echo de menos, ya lo sospechaba entonces. Y hablar por hablar, los dramas, las lágrimas y las risas.

Eran buenos tiempos. Y ahora lo sé.

Guardo fotos, billetes de autobús, una brújula, un diario, ropa, olores, sabores, unos zapatos, una gran amiga, una lengua, imágenes en mi memoria. Guardo las cosas que aprendí, los sueños que tuve, las multas que pagué.

Ahora sé que nunca volveré a ver amanecer con Jack Daniells en esa azotea ni me volverán a echar de un bar lleno de libros. No me volverá a cambiar mil veces el horario biológico, cuando las noches eran mañanas y las mañanas, tardes. Cuando la felicidad te lleva a perder el sentido de la orientación.

Pero también, al ver esas fotos, he pensando en lo orgullosa que habría estado si en ese momento hubiera sabido que iba a caminar por este camino, que mis pasos me iban a llevar hasta donde estoy. Y habría entendido, como entiendo ahora, que las cosas malas también sirven para llevarte a las buenas.

Que menos mal que lo de ese chico no funcionó y menos mal que no encontré ese trabajo para quedarme allí.

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Soy fiel defensora de que el destino ya está escrito, pero no cerrado a cal y canto. Tú mismo juegas de una forma y otra con las cartas que te han tocado; puedes rendirte o puedes tratar de ganar dejándote la piel, utilizando la astucia o confiando en la suerte. Nunca nada es definitivo, nunca nada es para siempre, todo da muchas vueltas, surgen oportunidades inesperadas, tú decides a qué condicionas tu vida, a quién quieres querer, si te quieres dejar querer. Oigo a mucha gente a mi alrededor contando cosas malas que han vivido para estar donde están y todas coinciden en que mereció la pena. «Todo pasa y todo llega», decía Machado en un poema que aprendí en cuarto. Y me gustó porque tenía razón. Porque la impaciencia a veces nos come el presente, nos nubla la vista, nos tapa horizontes. Y nunca seremos tan jóvenes como ahora, nunca creeremos tanto en la vida como ahora (antes de que nos pesen las decepciones). 

Siempre pienso en qué sentiré si llego a los cien años de mi abuela. O más bien en qué me gustaría sentir. Y supongo que la respuesta es satisfacción de todas las cosas que hice y me llevaron hasta ahí. No me arrepiento de haber querido y sí de no haberme atrevido a confesar que quería. Es mejor pasar el mal trago de desnudar el alma a callarlo para siempre. Es mejor ser siempre quien eres y huir de quien te maquilla y disfraza de algo que no te representa. 

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