Igual es que no era

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¿Os sirven las listas? Porque a mí no. Ni las balanzas que sopesan los pros y los contras y que, supuestamente, ayudan a decidir entre algo.

¿Cómo voy a dejar que mi mayor enemiga, la que me dice los kilos que me sobran, que decida mi futuro?

Tumbada en la cama intenté entender en voz alta por qué lo necesitaba. Puede que fuera porque era la mandarina llena de pepitas o el trozo negro del plátano; feo, pero el más dulce. La brisa que te levanta el pelo mientras paseas por la orilla un caluroso día, la sal en las patatas fritas cuando te las sirven sosas, el pico de chocolate del final del Cornetto. 

Igual es que me hacía sentir como me hace sentir el último tequila antes de que empiece la hecatombe. Era mi «la última y nos vamos», «el último Cheeto y guardo la bolsa». 

Olía a la colonia que te pone en alerta, que prende tu calor interno, la que hueles y recuperas los recuerdos. Sabía a metal, a lágrimas saladas, a chicle de menta, a nicotina, a sexo por la mañana, a flash de Coca Cola, a paella, a veneno. 

Era un tropezón, un golpe de morros en la acera, un tacón roto, la falda demasiado corta, el kalimotxo del Indian. Era una maleta lista para cargar en la bodega del avión, mil estrangulamientos con almohada, los nervios previos a un viaje, un alunizaje, tu nombre detrás del «and the winner is…». 

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Me acariciaba antes de dormir y durante la noche se quedaba con toda la manta y me echaba del colchón. Tenía la mirada más bonita del mundo y otras veces la disparaba cargada de odio. Me negaba, me escupía, me rechazaba, me engañaba, me ridiculizaba.

Y yo me volvía a preguntar por qué lo necesitaba. 

Igual era porque hacía los días eternos y las noches muy cortas, porque cocinaba fatal pero se sabía el número de todos los restaurantes chinos de la ciudad o porque besaba con pasión. Y alevosía. 

Porque no me soltaba y yo no quería escapar. Esperaba que pasara algo y me cansaba de esperar. Y nunca llegó a nada. Reconocer su abrigo entre la gente me seguía estrujando el corazón y algunos sábados me veía a mí misma buscando sus desgastados vaqueros que me conocía tan bien y que tantas veces se escondieron bajo mi cama. 

Era sexo salvaje en un ascensor, un móvil que se enciende a las 5 de la mañana, pica pica en la lengua, era metadona y la palabra que te sale después de una hora y que tenías en la punta de la lengua. Era la piña de la pizza hawaiana, el trocito de brócoli que apartas de la menestra, un puto despertador. Los ladridos de tu perro un día de resaca, la ola que te tumba y no ves nada, la lluvia después de la peluquería, el folio que te corta el dedo.

Igual es que me hacía sentir y padecer. Igual es que me encantaban sus tonterías y hacerme la tonta con sus mentiras. Igual es que solo quería que me cayera el flequillo sobre la mandíbula para que me lo echara detrás de la oreja. 

Me leía libros y me escribía poemas, sabía lo que me gustaba oír y me lo decía, pero luego desaparecía, me ignoraba y me hería. A propósito. Igual es que me había enganchado a su frases maduras. Y a las inmaduras. Al tamaño de su espalda y tocar otras me hacía sentir rara. Los sueños que me provocaba, la imaginación que me despertaba. Las mil formas de asesinar que se me pasaban por la cabeza. 

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Me llenó el cuarto de fotografías de lugares a los que prometió llevarme. Hacía que me admiraba, pero me pedía que me callara. Se ofrecía a escucharme, a comprenderme, a apoyarme y luego, cuando me mostraba por dentro, me llamaba rara. 

Y aún así, sigo sin entender por qué lo necesitaba. 

Igual es que no era.

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