Historias del metro I

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Tengo fiebre. Y un poco de dolor de cabeza. Será por el cambio estacional. Primavera, te estoy esperando. 

Escribo con un Bic roto. Sobresale el tubito de un amasijo de plástico puntiagudo. Me acuerdo de las cervatanas del colegio. De eso hace 20 años. A veces, en la oficina, no me importaría llenar bien de saliva un papelito, o de veneno, soplar fuerte y hacer diana en el ojo de algún imbécil, de esos compañeros que todos tenemos. Lo que nunca me queda claro es si los de arriba sabrán que es tonto del culo o no. 

Este ginseng con jalea real no funciona. Sigo cansado, pero tengo que aguantar porque esta es otra selección natural: solo los más fuertes sobreviven. Me acuerdo de Fulanito, ese que se fue y nunca volvió… O al menos no volvió como era. Y un poquito lo comprendo. Supongo que había que pasar por ello para entenderlo. Las cosas en la capital no son como en el pueblo. El ritmo de vida es diverso y aplastante; las personas de espíritu y alma lenta aquí no encajan; no hay lugar para siestas. Últimamente solo sonrío para que no se me quede esa cara de lechuga pocha que llevan todos en el metro. La odio. 

Pago 2.500 pesetas por un cubata, y menos mal que me dan la cuenta en euros, que no sé, suena más barato. Pero no lo es. Ayer escribí sobre las alergias y ahora que sé mucho sobre ellas (y sobre botánica) entiendo por qué no dejan de salirme cosas raras en la cara; es la contaminación. Gracias a esta ciudad, no puedo comer sushi. Y me encanta el jodido sushi, que encima no engorda. 

He tenido un reciente encuentro con el pasado, con los buenos tiempos. Y algunas espinitas han vuelto a picar y sigo tratando de quitármelas, pero aún no sé bien cómo. Quizá en ese momento no tomé la decisión correcta, no actué como me hubiera gustado o es que lo que hice, no tuvo el efecto que esperaba. 

Y de verdad, necesito remendarlo. Pero no sé ni a quién dirigirme. 

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¿No os pasa que después de una conversación intensa siempre piensas en cosas que habría estado estupendo decir?

Al final alguien que no debía, se salió con la suya. Es como lo que decía antes de los de arriba, que no se enteran de que alguien es tonto del culo porque les encanta lo bien que hace la pelota. Igual tendría que haber explicado bien lo que pasaba a alguien que no se enteraba de nada. 

De ahí a que ahora lleve siempre conmigo una libreta, para que no se me olvide ningún detalle ni nada de la lista de pendientes. Dejarlo por escrito es mi manera de creer que algo pasará a la eternidad. 

Estaba tan distraído que he vuelto a saltarme la parada del metro. Igual tiene algo que ver que siga ansioso por volverme a cruzar con esa chica. Es imposible coincidir de nuevo con alguien, si no es porque compartís rutina. Y la rutina, mata. 

Escribía aprovechando el trayecto y fijé la vista al frente en uno de esos momentos en los que chorreas inspiración, pero justo has olvidado la palabra que describe lo que estás pensando. Ella se ataba los cordones y subió la mirada mientras se cruzaba con la mía, y esos ojos me sacaron del ensimismamiento. Encontré la palabra, vaya que si la encontré. Repetí de memoria el diccionario como si fuera El Libro Gordo de Petete. Se me revolvió el estómago, cerré la boca, tragué saliva. Ella se rió. Bajó del suburbano. 

Y yo volví a pasarme de parada. 

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Volvía para casa algo triste y desolado, subí las escaleras del metro un poco desorientado; no sabía si tenía que girar a la derecha o a la izquierda. Antes de cruzar, escuche a unas señoras bastante mayores despedirse mientras una le recordaba a otra que se verían esta tarde en clase. Y pensé: «Qué maravilloso es no tener que dejar de ir a clase nunca». 

Me orienté, crucé hacia la bocacalle que lleva hasta mi portal, pasé por la tienda de ropa por la que paso todos los días y me fijé en que habían rebajado 5 euros el gorro que llevo viendo todo el invierno.

«Llega la primavera, ahora no me lo voy a comprar». Y me marché a comer. 

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