Baldosas amarillas

farola

If you stumble, make it part of the dance

Salgo del metro todos los días apurada y da igual que hayan pasado siete meses, siempre tropiezo con la misma baldosa. No se mueve, no cambia de posición. Está ahí y yo, que parece que no me canso de tropezarme, la piso una y otra vez. Será porque soy de costumbres y recorro mis pasos todos los días. He metido los tacones, me he mojado el zapato por dentro y por fuera, casi dejo los dientes en el suelo… Y sigo, día tras otro, pasando por encima de ella. 

Tendré que escribir al Ayuntamiento para que la arreglen de una vez, porque, se ve, soy incapaz de evitarla por mis propios medios. 

El caso es que nunca me acuerdo de que está ahí, hasta que me choco con ella y pienso: “Otra vez, María”. ¿No os parece como un poco la vida real? ¿Con cuántas baldosas rotas nos tropezamos una y otra vez?

Se me olvida de un día para otro el dolor de aquella vez que me torcí el tobillo, o el ridículo que hice al caerme, el traspiés que pegué, el tacón roto incrustado en esa maldita baldosa rota, la caladura que aguanté un día de diciembre a 3 grados. Será que tengo demasiadas cosas en la cabeza, o que el golpe en realidad no fue tan duro, o que soy de las que prefiere quedarse con lo bueno, que acordarse de lo malo (¿qué habrá de bueno en dejarse los morros por un tropiezo?). 

La baldosa está ahí, esperándome, no se mueve… Y yo, simplemente, no la evito. Porque nunca me acuerdo de que existe o igual es que la he cogido cariño. Creo que soy la Jennifer Lawrence de las baldosas. 

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¿Y si es la baldosa la que tropieza conmigo? ¿Y si soy yo que no atraigo más que a azulejos rotos? Ya sabemos que el cerebro humano es extraño, a veces impredecible y asombroso. Igual es que una parte del mío obvia todas las veces que cruzo con ese obstáculo, caigo y recaigo y me lo vuelvo a comer de frente aunque sea estático. 

O puede que salga del metro, que vaya por la vida, como una yegua con antojeras. Siguiendo el mismo camino de todos los días, recorriendo la misma distancia, dando los mismos pasos, uno detrás de otro, que tenga medidas las distancias, que haga rutina y solo rutina (lo siento querida yo a los 15: te he fallado, al final el 70% de la vida era rutina), que no me acuerde de los baches porque tenga la cabeza demasiado ocupada pensando cuándo será otro día. 

Igual me he aficionado a tropezar, porque el sustituto en el corazón me dice que estoy viva. Igual siempre nos han dicho que es malo, pero puede que sea bueno. ¿No estáis un poco hartos de frases motivadoras? Como si todo se redujera a eso; a tener un fondo de pantalla diciéndote que hoy va a ser un buen día, que al final siempre llega lo bueno y si no es que no es el final, que las cosas buenas llevan su tiempo… ¿Pero qué tonterías son estas?

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¿En serio creemos que en este planeta de siete mil millones de habitantes el karma, Dios o el Coco se ha fijado en exclusiva en nosotros y decide cuándo nos van a ir bien las cosas y cuándo mal? ¿O que no tenemos amigos porque nos rodean retrasados? ¿No nos ha dado por pensar que igual es que no nos estamos encaminando para que nos pases cosas buenas? ¿O que somos antisociales y por eso no nos aguantan ni en casa? 

Lo peor es que nos hemos acostumbrado a necesitar estos salmos y ojo, que gracias a ello empresas como Mr. Wonderful se están haciendo ricos. Seguiré tropezando con la baldosa y riéndome (ahora, además, pensaré en este post), y no me importa, cuando la cambien simplemente dejaré de hacerlo y nunca más me acordaré de ella.

De eso se trata, de ir sustituyendo unos obstáculos por otros a medida que cambia tu rutina y tu vida, que hagan que te olvides del anterior que, a fin de cuentas, no significaba tanto. 

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