Es él


Creo que es él. Que ha llegado la hora.

Creo que me bajé del tren de los amores de barra y del sexo de madrugada. Que ya no estoy para nadie. Que picar piedra en la mina para pagar el alquiler y las facturas me ha hecho ver las cosas de otra forma. Que tengo responsabilidades y poco tiempo y el poco tiempo es para aprovecharlo. Que se acabó el cuento de «la culpa es del Jagger» o «qué más da».

Creo que la época universitaria está enterrada (y la Erasmus, y la post universitaria, y la de salgo todos los findes durante un año, y la de me voy con desconocidos, y la de mañana pensamos, y la de los viajes cutres, y la de la ropa ajustada).

Sí. Tiene que ser él. Imagino mi boda, la decoración de mi casa y ya he pensado en los campamentos de los hijos que todavía no tenemos. Y todos esos lugares a los que viajaremos. ¿Cómo no va a ser él? Si en la segunda cita me regaló su libro favorito y la tercera, improvisada, me besó en la calle al verme a pesar de que yo estaba sin peinar y acababa de depilarme el bigote. Y estaba muy rojo. En la cuarta me hizo probar el Vegemite y grabó en vídeo mi cara.


¿Cómo no va a ser él si duerme con mi foto en su mesilla y es capaz de aguantar mis ronquidos y patadas por la noche? Creo que quiero compartir mi vida con él, porque él quiere compartir la suya conmigo.

Supongo que es él, porque una vez me dejó tirada y permitió que le obligara a arrastrarse como un perro y se bebió mis lágrimas y se comió mis agrios reproches y dejó que le apuñalara en el corazón hasta quedarme dormida y cansada.

Y lo sigue haciendo porque soy una rencorosa. Y aún así me quiere. Y aún así no se cansa.

¿Cómo no va a ser él si se conoce de memoria mis lunares de la espalda y la geografía de mi piel?

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