El día que conocí a Atlas

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Llovía.

Vaya que si llovía.

Eran las siete de la tarde y no me acuerdo muy bien qué hacía en la Alameda, pero ahí estaba cuando me sorprendió el chaparrón. Había salido tan temprano de casa que los primeros rayos de sol y los cristales de los coches empañados por la helada me engañaron. Y pensé que sería un buen día, así que no tenía paraguas ni chubasquero ni botas de agua. Tenía que cruzar la calle y no había ninguna posibilidad de resguardarme: miré a la derecha, miré a la izquierda y todo despejado. Ni un portal cerca ni una parada de autobús. Solo la Alameda, los bancos y los columpios. 

Así que resignada esperé a que el semáforo se pusiera en verde y cómo tardan los condenados. De pequeña pensaba que había un señor debajo con un periscopio y que su trabajo era darle a un botón para cambiar el color. Y ese día puedo jurar que me estaba mirando a mí y entre risas no pulsaba el maldito interruptor. 

El pelo me caía lacio sobre los hombros y sentía la cabeza helada, las gotas me golpeaban las pestañas y tenía los pies empapados. Y no hay peor sensación que esa. Se me acercó un hombre, me sonrió y me tapó. «Vaya, alguien de las 15 personas que están esperando a mi lado con paraguas se han fijado en que existo y en que estoy empapada», pensé. 

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Qué gesto tan simple, tan amable y tan cargado de significado. Yo estaba mojada y en mí, ya llovía sobre mojado. Pero ese hombre quiso ayudarme. Resulta que en medio de esa tormenta, había alguien que había sentido compasión por mí. Adme tenía 65 años y la cara ajada del tiempo, del frío, del salitre del mar. Casi no hablaba español y apenas sabía inglés. No sé cómo logramos entendernos entre el ruido de los neumáticos contra el pavimento mojado, entre la incómoda sirena de un camión de bomberos que subía a toda velocidad y el rumor apabullante de la ciudad. 

Tal vez fueros sus azules ojos enterrados en una montaña de arrugas y poros demasiado abiertos los que me explicaron que había sido su sed de aventuras lo que le había atraído a mi ciudad —y es que recorrer el Mediterráneo de este a oeste en un barco de carga suena, como mínimo, trepidante—. Tenía los ojos de Neptuno, aunque él se identificaba con Atlas. Sé que sujetaba su propia carga: dejó a Callidora (regalo de belleza), a Dionne (reina divina) y a Melancton (flor negra) perdidos en Dofus, la isla del Minotauro, donde Adme había nacido. 

«No quieren hablar conmigo», me explicó. No me dijo por qué, pero supuse que era el padre ausente que había recorrido cientos de puertos en sus 30 años como marinero. El rostro era la prueba más evidente y sus manos hinchadas, rasgadas y carcomidas eran la confirmación. Ahora vivía solo, de lo que le daban y conseguía de aquí y de allí. Fijaos si el señor del semáforo tardó, que todo esto le dio tiempo a contarme.

Le llevé en coche hasta la bahía, donde me indicó. Le dije que no entendía por qué las mujeres teníamos esa fama de conducir tan mal y justo me pitó un coche. Y Adme se rió. Era la primera vez que le oía reírse. Olía a madera y su voz, ahora que estábamos aislados, era ruda, rasgada y, finalmente, rota. El trayecto fue corto y yo le conté cosas, sin saber si me entendía o no. Y se despidió. 

La tormenta dejó paso, dos días después, al sol. Volví a la bahía, porque también es uno de mis sitios favoritos, y la mayor de las casualidades: un mimo disfrazado de Atlas, sujetando la bola del mundo sobre sus hombros. No fueron las profundas arrugas (cubiertas por una gruesa capa de pintura azul) ni los dedos ajados (escondidos en el balón). Fueron sus ojos. Adme era Atlas, cargando con su propia cruz, haciendo penitencia por dejar a su familia en manos del Minotauro. 

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