De este año he aprendido…

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Esta casa de locos no tiene capitán ni orquesta que quiera seguir tocando mientras el barco se hunde. Se presentan seis o siete, ya he perdido la cuenta, para tratar de gobernar lo ingobernable mientras que en el ala este de la casa caldera empatan porque no se deciden. Cero grados, ni frío ni calor.

A unos el tupé pelirrojo no les deja pensar y a otros el michelín adobado a base de langostas y caviar les hace ver brotes verdes donde no hay más que paja seca y chamuscada. Como en mi tierra, que aún siendo esmeralda y húmeda se quema. Si creyese en Dios podría pensar que se trata de un mensajito al modo egipcio. (Para la próxima, utilice las redes sociales)

Y así, rodeados de incendios provocados -literales, literarios y figurados-, hemos llegado al último día del año.

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Más mal que bien, más a duras penas que del tirón. Sin verano, sin playa, sin descanso. Con 10 kilos más. Un poco de bajona porque este no era el futuro prometido. En la carretera para cenar en familia que, eso sí, son los que están y siempre están los que son.

Han cambiado varias cosas para siempre, ha aumentado la lista del yo primero, que este año ha sido tendencia. 40 euros en lotería (ganados) y la ilusión de que algún viernes se alargue mi fin de semana para toda la vida con el Euromillones. Un bucle foodie y un paladar exigente (la culpa es de la mamma). Y sobre todo, un gran proyecto de futuro que quizá no se cumpla, pero da gasolina para el camino. Uno de los de verdad, de los de adulto, de los de para siempre.

El orgullo de eliminar a quien no te aporta nada. Y compadecerte de él.

Un viaje. Dos relámpago. Y planeando. Cuatro libros. El caos tecnológico. Dominar la técnica del maki roll. Vivir solo. Pagar las facturas. No llegar a fin de mes.

Volver a acabar pensando que no ha estado nada mal. Volver a empezar pensando que esta vez sí que sí.

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