Queridos Reyes Magos

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Queridos Reyes Magos: 

Este año (o mejor, el pasado año) he criticado a un montón de gente y he sido muy exigente con ellos —¿eso me convierte en buena o en mala?—. Me he enfadado porque he pedido cosas que creía necesarias, como respuestas maduras a situaciones cotidianas, y me he enfadado aún más por sentirme defraudada. He sido egoísta y me he reído de algunas personas, pero esto empieza a parecerse mucho a la confesión hipotética que haría ante un cura y llegados al término del párrafo aún no me ha quedado claro si me merezco los regalos o no. Pero voy a pedir, que de eso se trata: 

Quiero que traigáis cordura, sensatez, humildad, libertad, generosidad y mentes abiertas. Quiero que os llevéis, a cambio, mentes cerradas, vendas en los ojos, intolerancia, argumentos infundados e imposiciones. 

¿Sabéis, Majestades? En España se ha montado un debate incendiario en torno a la Cabalgata. Resulta que Manuela Carmena, que es la alcaldesa de Madrid, ha decidido que los actores que hacen de Reyes Magos no solo sean hombres, sino también mujeres disfrazadas. También ha quitado la zona VIP reservada a unos cuantos privilegiados y dársela a minusválidos. ¡Ah! Y que nada de animales desfilando. Ni elefantes ni camellos ni ocas ni burros. 

Bueno, pues hay gente a la que todo esto le parece mal. Dicen que no es lo tradicional (claro, que la carroza de Bob Esponja es clásica de Belén del año 0). Y esa gente suele ser la que no lee ni mucho ni con frecuencia. Ni libros ni poemas ni artículos ni revistas y mucho menos periódicos o ‘Las tres reinas magas’, que es un libro escrito por Gloria Fuertes —gloriosa Gloria Fuertes— en 1983.

Hace ya treinta años, en Oviedo, tres señoras disfrazadas de Reyes Magos participaron en la Cabalgata de aquel enero ochentero. Y no han sido las únicas. Ayer, sin ir más lejos, en el madrileño barrio de San Blas. La protagonista decía que no le reconoció ni su nieto. Y también se lleva haciendo desde hace muchos años en muchas localidades de España. Pero no se llaman Manuela Carmena ni molestan a la derecha de la caverna. 

El argumento que más he oído es ese que apela a la tradición. ¿Qué tradición?, me pregunto yo. ¿La que aparece en la Biblia o esa que hemos ido creando nosotros con el paso del tiempo? ¿La de los niños enchufados en las capitales de provincia que salían encima de una carroza? ¿O tal vez la de las señoras que ponen el paraguas abierto del revés para llevarse todos los caramelos? ¿O el mocoso que te enchufa con nieve artificial, como si en Belén el 5 de enero de hace 2016 años nevara? 

Pues si nos vamos a ajustar a la tradición, hagámoslo. Pero a esa primaria. La del portal de Belén, la cristiana, la Epifanía, la que aparece en las Sagradas Escrituras. Y que la paguen los que creen. No, desde luego, que se haga con dinero público de un país laico. Y que traigan oro, incienso y mirra. Que lo del carbón también es un invento moderno. Y que se dejen de juguetes, tecnología y los más diversos regalos. 


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Hemos convertido una historia bíblica en una fantasía. Les hacemos creer a los niños que tres hombres vienen en camello desde Oriente (¿no nos da miedo que sean yihadistas? ¿Les dejan pasar por la frontera sin pedirles los papeles o registrarles las alforjas?) y que, además, los vigilan durante todo el año para saber si se portan mal o bien. En una noche se hacen todas las casas de medio mundo, entran sin despertar ni al perro ni saltar una sola alarma. Pero, pobres críos, se les marchita la ilusión si en la cabalgata descubren que uno de los Reyes es una mujer disfrazada —me gustaría averiguar cómo lo van a hacer con la ilusión que nubla la vista, la distancia, la altura y la falta de luz—.

A mí las dudas me surgieron pronto. ¿Por qué no llevan regalos a los niños del tercer mundo? ¿Por qué a ese niño con el que juego todas las tardes y no tiene bicicleta no se la traen? Mis padres se quedaban mudos, claro, qué iban a decir. Y es que los niños —cuando éramos— no nos preocupamos de quién va en la cabalgata (además, que todos sabemos de pequeños que son emisarios, aunque siempre corre la leyenda urbana de que ese año han venido a tu ciudad) ni si Baltasar era negro de África o negro pintado con betún. Los niños, aunque sean niños, se cuestionan cosas mucho más complejas a la vez que obvias y que a los adultos se nos pasa por alto porque estamos pensando que la casa se construye por el tejado. Y, veréis queridos Melchor, Gaspar y Baltasar, este tipo de gestos nos parecen «paridas». 

Hace muchos años que me enteré de que no existíais. No sé por qué nos escandalizamos cuando casi siempre y en casi todos los casos quien elige, compra y coloca los regalos suele ser la madre. Sí. La mujer es la reina maga de su hogar, ¿por qué eso no nos molesta?. 

Que os sea leve la noche de trabajo, 

Atentamente, yo misma —alguien que quiere cambios en su tradicional sociedad, a la que no le gusta que le salpique la caspa de los demás cuando empiezan a sacudírsela y que está harta de que sea la religión, los hombres y los incultos quienes decidan qué sí y qué no—. Tal vez haya algo de herodes entre todos nosotros y, como ya dije, suerte con eso de prohibir. 

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