Los restaurantes cántabros sí existen fuera de la tierruca

“¿Te has fijado que siempre decimos que vamos a comer a un asturiano, a un vasco o a un gallego, pero nunca a un cántabro?”. Esta frase, que cae como una losa, y que escuché hace unos días me invitó a una reflexión (además de a un cabreo). Medio en broma, medio en serio alguien me estaba insinuando que la gastronomía cántabra no estaba ni popularizada ni importada al resto de España. O que todas las comunidades del norte tienen restaurantes repartidos por la Península, menos la tuya. Y esto no es cierto. 11378751_592545877554412_1997508311_n

Es verdad que, a veces, cuando quedas con amigos o compañeros de trabajo y quieres tomar unas cañas y picar algo, los asturianos y los gallegos son una de las opciones más manidas. Sobre todo en Madrid, donde hay muchos y a precios populares. Y también es verdad que nunca he oído a nadie decir “vamos a comer algo a un cántabro”. Y, ¿sabéis por qué? Porque en Madrid se les conoce por su nombre y apellido.

Fijaos si la gastronomía cántabra está importada por España que, quien más quien menos, todo el mundo conoce los sobaos, la quesada y las anchoas. Los primeros se encuentran prácticamente en cualquier supermercado. Sin ir más lejos, el otro día los vi en una estantería junto a la caja del Carrefour Express de la calle del Pez —emoción contenida—. Están tan popularizados que hasta hay imitaciones, como los de Martínez. La quesada también, también extendida, incluso ha llegado a Guatemala —o al menos a un paladar guatemalteco, que me preguntó que por qué no sabía a queso—. Y las anchoas, queridos, es un tema más peliagudo pero las cartas en las que se venden anchoas del Cantábrico se cuentan por miles. El paladar centroamericano las rechazó porque, decía, ya las había probado y no le habían gustado. Hasta que le di las de verdad. Las de Santoña. Sin pelitos, suaves y saladas en su justa medida.

A estos tres productos de la gastronomía de Cantabria más que universales se les une el bonito del norte, con sello de la tierruca. Lo he llegado a ver en un supermercado de Trieste, en el norte de Italia. Un lugar insospechado para un producto de calidad porque, no, el bonito del norte de es el tonno. Ni se le parece.

Lo mejor es que vayáis de vacaciones a mi Comunidad Autónoma, pero como hasta verano aún queda tiempo, en Madrid tenéis varios restaurantes que os harán sentir entre montañas y cerca del mar.

La Vaquería Montañesa, en la calle de Blanca de Navarra, 8. Lo primero de su carta son las rabas de Santander. Media España no sabe lo que son las rabas y, en una ciudad como Madrid donde lo típico dicen que son los bocatas de calamares, muchos entran en shock al mordisquear una de estas delicias. Cata de anchoas de Laredo, vacas frisonas, cabrito de Picos de Europa, venado de alta montaña… No sigo.

La Maruca Santander, en la calle de Velázquez, 54. Sí, se llama como mi barrio y eso lo hace doblemente entrañable. La pregunta no es qué comer, sino por dónde empezar. Anchoas de Santoña, cecina de Liébana, rabas de Santander, San Jacobo de lomo de Potes…

Tasca Celso y Manolo, en la calle de Libertad, 1. Las rabas, que son un must en un restaurante con huella santanderina, la ternera ecológica de cinco valles (todos cántabros), los taquitos de carne roja frisona y un dulce plus: la tarta de queso pasiego.

Restaurante Cañadío, en la calle de Conde de Peñalver, 86. La tarta de queso es para llorar de lo increíblemente buena que está, y ojo a los callos a la montañesa. 

¡Buen provecho!

Fast food de la buena !!! Chuleton de tomate y una ensaladilla con ventresca El Vigilante !!! Celso y Manolo.

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