Instagram y las leyes del universo

Hace un par de semanas, en una de esas cenas madrileñas que tanto me gustan —quiero decir: reserva con descuento por El Tenedor en algún gastrobar de moda, mesas alargadas de madera, luces tenues, música animada, vino y tartar por encima de muchas posibilidades— mantenía una divertida conversación sobre Instagram.

Sí, los millennials hablamos de estas cosas a la hora de la cena mientras suena, a veces, Britney Spears.

Era una conversación de esas en las que dices todo lo que te viene en gana sobre un análisis sesudo que llevas meses realizando. Has observado, has comentado, has comparado… y has decidido. Entre risas, vino, comentarios hirientes, más vino, nos pusimos a desgranar a algunos de esos tipos que seguimos en Instagram y que, aunque odiamos, no podemos dejar de mirar y mirar.

Los adjetivos volaban de lado a lado en la mesa. La mayoría de los que seguimos, reconocimos casi al unísono, son gente normal. Instagram es un lugar fabuloso para entrenarte como fotógrafo, contar el día a día, tratar de ser un poco foodie, un poco viajero, un poco cultureta. Nos gusta ver qué comen, a dónde viajan o qué leen nuestros amigos. Es lindo y admirable la capacidad fotográfica de la gente. Y que nos llenen el time line de buenrollismo.

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Hay gente, mucha gente de mi entorno, que utiliza la aplicación como medio de información o de apoyo para el trabajo. La mayoría de los grandes medios de comunicación tienen una cuenta en la que cuelgan fotografías y vídeos con pequeñas historias; periodistas en zonas de conflicto que relatan el día a día de una guerra; cocineros que nos deleitan con sus recetas y trucos en la cocina —lo mismo con blogueras de moda, deportistas, seguidores de una religión, viajeros, forofos de un equipo—; incluso gente a dieta que motiva a otra gente a dieta con recetas, ejercicios, bebidas, fotos del antes y el después (esto motiva especialmente). Famosos que te facilitan la foto para la noticia que tienes que escribir [insertar>>html], firmas de moda que enseñan los modelitos o restaurantes que pasan de carta y directamente cuelgan los platos para que se te vaya haciendo la boca agua.

¿Qué tienen en común todos ellos? La novedad, el hecho noticioso, la realidad, el streaming. Porque sí, Instagram es una plataforma para subir fotos de lo que haces al momento. Como mucho una de las vacaciones del verano con el hashtag #ganasdeverano. Es aquí cuando viene el primer espécimen de la lista [carcajadas en la mesa mientras pedimos otra botella de vino], el que no ha entendido la funcionalidad de la aplicación y se cree que es MySpace o Facebook y se dedica a colgar fotos de hace cinco meses, un año, tres o diez.

Entender mal el funcionamiento de la plataforma o los objetivos para los que fue concebida trae más problemas. Hay quien no sabe muy bien para qué sirven los hashtags, pero ellos los usan; los usan mucho y mal. #hola #aquí #estoy #noche #haciendo #fotos #alegría #rajoy #soyyo #yomismo #vivaespaña. Venga, todo lo que se nos ocurra que, total, cabe. A ver, querido, ¿crees que alguna persona va a buscar de motu proprio #MeGustaCarolPérez? NO.

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“Hoy va a ser un buen día”, Aristóteles. “Si la vida de da limones, echa tequila y sal”, Umberto Eco. “Las cosas buenas pasan a quien las espera. Las mejores, a quien va a por ellas”, Mr. Wonderful. Venga, reconozcámoslo, todos hemos compartido una frasecita de estas en algún momento de nuestras vidas; o leyendo un libro, el título que nos ha llamado la atención. Pero a quien lleva esto a niveles insospechados. Sube todo, todo, todo lo que encuentra a su paso. Pixelizado, borroso, mal escrito, con la autoría incorrecta. Los tengounafrasepato han cambiado los corta-pega en las carpetas del instituto por Instagram. Han hecho de la red social su muro de lamentaciones. Superad esta etapa de frases de mierda, que ya sois mayorcitos.

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El siguiente es un clásico entre los clásicos. Los selfimaníacos. Es gente que está enferma, de verdad. Tengo un contacto en Instagram en cuya cuenta SOLO hay selfies, selfies y más selfies. Cuando van de viaje y nos quieren enseñar un paisaje, por ejemplo, no se dan cuenta de que sería un placer inmenso ver el puto paisaje, no su cara. De verdad creo que este es un asunto serio, tiene un trasfondo psicológico para el cual no estoy capacitada.

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Uno de los que más odio es el que sube fotos de mierda. Imágenes desenfocadas, pixeladas, con filtros horribles que horribilizan aún más la foto. Los que no tienen ni idea de fotografía, nos enseñan sus cuartos llenos de mierda, váteres, mantas roídas en el sofá, los que sacan fotos con el móvil a otras fotos en la pantalla del ordenador. Los que no tienen ni puta gracia, resumiendo. De verdad, no os empeñéis, yo no practico baloncesto porque mido 1,60. No hay que tratar de hacer cosas que se nos dan mal.

Y en realidad, y después de cuatro botellas de vino, mucho aguacate, tartar y foie, he llegado a la conclusión de que todos tenemos un poco de aquellos, pero que hay gente que realmente necesita hacérselo mirar. Al final, también están reflejando su vida en Instagram [y la manera en la que lo hacen es preocupante].

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