La crisis de los…

¿Qué se os viene a la mente cuando oís ‘crisis de los 30 o de los 40’ —y así infinito hasta que te mueres—?. Seguro que, como yo, habéis leído alguna vez un artículo de esos que más bien parecen el prospecto de una crema antiarrugas para detectar, definir y afrontar una crisis de edad: síndrome de Peter Pan, adoleviejos, viejóvenes, MILF, DILF, “los 35 son los nuevos 25”, “previene las arrugas de expresión”, “calcetines para papis molones” y mi favorito entre todos ellos “15 síntomas de que estás atravesando la crisis del cuarto de siglo”.

De las siete definiciones que tiene la RAE para crisis, me quedo solo con una: “Cambio profundo y de consecuencias importantes en un proceso o una situación, o en la manera en que estos son apreciados”. Las otras seis tienen todas connotaciones negativas y no creo que cumplir años sea algo malo. En fin, que para que todos podamos entendernos debemos usar la misma nomenclatura: estoy atravesando una crisis de edad. Pero, eh, qué bien te va cuando te va bien. 

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“Son etapas”, te dicen algunas voces. ¡Claro que son etapas! por Dior. Cuando era pequeña ya me advertía mi madre de la importancia de quemar etapas. Gracias a ella fui la última de mi clase en llevar tacones, hacerme reflejos en el pelo o un segundo pendiente. Repito, gracias. Fue muy cuidadosa con que yo quemara mis etapas mientras eso dependiera de ella. Claro, a partir de los 18 cualquiera le insinúa a su hija nada de hacer cosas adecuadas —no quiere decir buenas, también es adecuado hacer malas— para su edad antes de empezar a hacer otras. Y con esto es exactamente con lo que yo he chocado de frente.

De repente, de la noche a la mañana, me dejó de apetecer salir de fiesta —entiéndase salir de fiesta como cerrar bares y desetiquetarse de las fotos— en pro de una buena cena, una copa tranquila, un paseo a media tarde, un café de esos que se alargan. Y entonces empecé a sospechar. ¿Yo? ¿Con lo que he sido? ¿Cómo me puede estar sucediendo esto a mí? Mis conversaciones ya no giraban en torno a hombres (ejem, niños que aspiran a hombres), los sábados por la noche ya no dejaban anécdotas para el domingo, me empecé a interesar por la decoración y las bodas, madrugaba para hacer cosas como ir a museos, de tapas o a manifestaciones y empezaba a preocuparme —y mucho— por mi economía sumergida (sumergida porque está hundida), soy más sosegada, pienso más y hablo menos, hay cosas que realmente me dan igual y los amigos siguen siendo importantes, pero la familia mucho más. Sin embargo, el detonante, sin duda, fue descubrir que los domingos servían para algo. Ahí supe irremediablemente que estaba en un cambio de etapa, atravesando una crisis de edad, que mis preferencias habían cambiado, que ya había quemado todo y estaba aburrida, llamadlo equis.

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En realidad esta etapa me gusta un montón. Sigo siendo joven, lozana, las arrugas de expresión sientan de maravilla, las canas casi no se me notan porque se camuflan con mechones brillantes y claritos que naturalmente salen en mi pelo, vivo sola, he ascendido una categoría en alojamientos turísticos y ya no consumo cutre-hostales, he aprendido a distinguir un Rioja de un Ribera del Duero, pido cervezas artesanales, la comida rápida ha dejado paso a los bistrots y otras cosas de la cocina moderna, mi gusto y el de mi madre por fin coinciden, hago regalos bonitos a mi familia, me llevo con mi hermano mejor que nunca, adoro a mis primos pequeños, nunca pasaría de una reunión familiar por salir de fiesta…

El otro día hablaba con una compañera de universidad por una consulta laboral —sí, este momento ha llegado. Nos hemos convertido en medio expertos de algo— y me decía que cómo nos había cambiado la vida desde la última vez que nos vimos (a finales de 2012) y le dije que menos mal, lo malo habría sido que todo siguiera igual. Y dicho esto, tras anuncios de compras de pisos, próximas bodas, fundaciones de nuevas empresas, declaraciones de renta y situar geográficamente al resto del grupo, quedamos en organizar una reunión. Porque, efectivamente, hay cosas que no entienden de etapas ni de crisis y seguirán como siempre.

tumblr_nsj3oqdNqF1uctryjo1_r3_500Otra de las cosas que no me gustan nada de categorizar crisis por edades es que no todo responde a un número. Hay gente que no ha sido madura en ninguna de sus etapas y no lo será nunca; hay gente que entró muy bien en una etapa y ahí se quedó, y viceversa; hay gente que cree que quiere salir de una etapa, pero está tan cómodo en ella que se auto sabotea y no se da ni cuenta. No, Fulanito no se ha comprado un piso porque tenga un año más que yo ni Menganita se casa porque ha cumplido los 30. Las cosas no pasan por tu edad, pasan por tu madurez. Es una cadena de responsabilidades: estudiar, sacar ese título de inglés, dejarte la piel buscando trabajo, mantenerlo, buscar otro, tener buen ojo para encontrar pareja, para los negocios… [Siempre hay circunstancias ambientales, pero se usan más para justificar nuestra pereza. Solo el 1% influye en que tengamos peor suerte que Caín].

Es común nowadays decir que la gente que toma decisiones vitales antes de los 30 “va rápido”. ¿Rápido? ¿En serio? Solo hay que echar la vista atrás 20 años, ¿qué se hacía a los 30? ¿Con cuántos años te tuvieron tus padres? Ya sé lo que me vais a decir: no hay trabajo, blabla, hay crisis, blabla. ¿Cómo os creéis que salieron adelante los padres de los años cincuenta, sesenta, setenta, ochenta…? Me decía mi primo el otro día (47 años) que siempre ha habido crisis. Y peores. [Otra vez justificándonos en las circunstancias ambientales, eh]. Tal vez no tengas dinero para irte a vivir con tu pareja, pero sí seas capaz de tener una relación madura con él. Tal vez no tengas dinero para comer, cenar, tomar copas todos los fines de semana, pero si tienes que elegir, prefieras una cena y una buena conversación, que una copa de garrafón y una charla borrosa empañada por el griterío y el alcohol. Tal vez no tengas dinero para irte a las Bahamas, pero hagas un esfuerzo para irte con tus amigos al destino más barato sin importar el lugar, porque de lo que de verdad disfrutas es de la compañía [y eso mejora tu viaje más que notablemente]. Tal vez prefieras pasear que pasar tu resaca en el sofá y perder un día (y para esto no se necesita dinero).

No creas que los demás van rápido. De hecho, deja de preocuparte por los demás y buscar justificaciones a tu situación. Pregúntate si no eres tú el que va demasiado despacio

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Superado el descubrimiento y la aceptación, llegó el momento de la ociosidad. En mi caso —no sé qué habréis hecho los demás— me decliné básicamente por la gastronomía. No era algo nuevo, cocinar siempre me ha gustado, pero esta vez mi cuerpo me pedía dar un paso más. Empecé a volverme loca por la comida fitness, dejé la comida rápida —esto es demasiado característico de la antigua etapa—, me gusta fotografiar lo que como, me encanta probar comidas nuevas en restaurantes, los fogones casi no tienen secretos para mí, es mi hobby más delicioso, me satisface cocinar para otros, pero para mí misma también. Luego he cambiado otras cosas, como los pantalones pitillo —que se mueran los feos— y el ejercicio (pero hago ejercicio y adelgazo cada vez que tengo una crisis, tuve otra a los 22). 

Aquí estoy, tratando de quemar del todo esta etapa. No sé cuánto tardaré. Tampoco quiero encariñarme demasiado con ella porque, cuando llegue el momento, no quiero que nada me impida vivir la próxima. 

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