¿Gastrolover o comilón?

Gastrolover, fusión, tataki, hipster. Estamos invadidos, es definitivo. La burbuja de la gastronomía está a punto de estallar entre tanto comilón venido a foodie, tantos programas de televisión (no veo ni uno, thank God) y entre tanto provinciano al que las tendencias le llegan tarde, y aunque no sabe exactamente qué es sushi y qué es sashimi, fotografía esa pieza de california roll un poco mainstream como si fuera la última coca cola del desierto. Y la fotografía mal.

Reivindico a los amantes de la gastronomía, pongo un grito en el cielo por los que hemos sido eat people de toda la vida, por los que ya sabíamos utilizar los palillos chinos con siete años y a los 15 ya habíamos probado comida de —casi— todo el mundo. Los que no le hacíamos asco a nada, los que nuestro plato favorito con cinco años eran las lentejas, la menestra, los canelones y los rollitos de primavera. ¡BASTA!.

La primera diferencia es que a un amante de la gastronomía le gusta comer y cocinar a partes iguales. Ahora saldrá alguien diciéndome que eso no es verdad. Me da igual. Un amante de la gastronomía no come cualquier lasaña precocinada en su casa, la crea él mismo y disfruta picando la cebolla y aderezando la carne y escoge el mejor queso y se relame viendo chisporrotear la mozzarella (de bola, claro) en el horno. Un amante de la gastronomía va a un buen restaurante y se imagina a sí mismo cocinando esa delicia, para poder comerla cuando quiera. También distingue un montón de sabores con solo una lametada, sabores imperceptibles a paladares comunes.

 

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Un amante de la gastronomía nunca lo pillarás con una comida; fue el primero en probar, allá por el 2000, la comida japonesa, también fue el primero en rebañar hummus, y comer esas frutas exóticas del rincón gourmet de El Corte Inglés. Le duele más pagar 15 euros por una mala aunque abundante comida, que 50 por un exquisito menú degustación que no te llena pero te sacia. Y cuando tiene ante sí una aberración gastronómica, se pone triste, muy triste.

Conocozco a quién se fue de vacaciones a Eslovenia y pidió huevos con jamón. Jamón. En Eslovenia. La otra opción era gulash, esa comida tan típica de la zona. Pero se decantó por un intento de plato común y delicioso en España, pero extravagante en esa zona de Europa. Un menú que de antemano cualquiera sabría que no iba a cumplir con las expectativas. Un amante de la gastronomía viaja y no escatima en comida (vale, hay países como Reino Unido en los que un bocadillo te salvan de más de un apuro), prueba lo más típico, se hace su lista pre-viaje de restaurantes que hay que visitar sí o sí, incluso chapurreando el idioma local trata de averiguar cuál es la receta de lo que está comiendo.

Alguien que ama la comida —nótese la diferencia con ama comer— no pide un plato “pero sin tomate ni cebolla ni pimiento”. Que sí, que todos tenemos líneas rojas. La mía es la casquería, los callos y esas guarradas. Pero hay que comer de todo, y eso también es educación y cultura.

Mínimo una vez al mes descubren un restaurante nuevo; creen que hay demasiadas fotografías de comida en Instagram, pero no pierden la oportunidad de subir la suya; entienden, aunque sea un poco, de vinos; comen hamburguesas, tortillas y croquetas, sí, pero solo las mejores. La comida fusión está bien, sí, pero no hay nada como el cocido típico de su pueblo. Y el de los pueblos de los demás. Emplatan sus comidas, aunque sea comida para uno, y cuidan al máximo la presentación cuando están con otros.

No importa si eres un comilón o un gastrolover. ¿A quién le importa? Pero seas lo que seas, rodéate de tus semejantes o lo pasarás mal, mal.

 

 

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