De vuelta

Nada de lo que diga va a hacerte cambiar de idea. Eres tozuda, y te viene de familia. Se te mete algo entre ceja y ceja y nadie en el mundo, ni aunque Dios en persona bajara del cielo a decírtelo —mataríamos así dos pájaros de un tiro, porque igual hasta volvías a creer— te haría cambiar de idea. ¿Sabes? Tiene un punto de admiración: es asombroso cómo cumples con casi todo lo que te propones. He pensado que aquel libro no cayó en tus manos por casualidad, que era para que entendieras que, efectivamente, cuando quieres algo el mundo suspira para que lo consigas. ¡Si hasta ganaste un premio afirmando que era tu libro favorito! Pero también tiene otra cara que odio, the far side of the Moon: te encabezonas, te encabritas y no das tu brazo a torcer. Hay que ceder a veces, incluso si sabes que tienes la razón, incluso si sabes que no la tienes. Elige ser condescendiente, aunque odies la condescendencia, agradar a los que quieres es parte de este juego de las relaciones sociales, personales y familiares.

Me gusta cómo has cambiado en un año. Fue increíble como, de la noche a la mañana, dejaste de llorar y de lamentarte y pusiste una fecha final. “De julio no paso”, me acuerdo que repetías. Y pasando de todo, encontraste la salida. Pasar fue difícil, lo sé, a mí también me pasa: nacimos libra y las injusticias nos repatean, sobre todo cuando te das cuenta de todo, estás ojo avizor, piensas mal y siempre aciertas. Sobre todo cuando estás pasando de un sueño. Al final fue la mejor decisión porque dejaste de lado la energía tóxica y te centraste en la positiva, y de lo que das recibes.

Me han dicho que te ha salido más pelo en la cabeza y que comes como una diosa. Que duermes mejor por las noches, que sonríes más, que lloras mucho menos, que te preguntan y todo es felicidad. Me alegro que estés de vuelta. Y casi ni me acordaba del sonido de tu risa, esa carcajada de bruja que te hace cerrar los ojos hasta ponerlos chinitos.

Hacía un año que no sabía de ti. Has publicado menos fotos que nunca. En las redes sociales no se comparten los malos momentos, ¿verdad? Son como esa utopía que todos hemos soñado. Un lugar aparte, muy, muy lejano. Sé que siempre has odiado a esa gente que las utiliza para poner frases absurdas, contar historias (pero no del todo, como si eso les fuera a hacer más interesantes) y, sobre todo, los que las usan para despedirse en momentos inoportunos de seres queridos que no sabían ni encender un ordenador. Sé que crees que es más efectivo utilizarlas para recordar momentos felices, o saludar cuando el tiempo ha pasado y contar a los demás “¡eh! Te echo de menos. Y esta imagen me recuerda mucho a ti. Qué felices entonces”.

Has perdido cosas y gente en el camino. Algunas fundamentales, la vida es implacable —¿quién se va a atrever a celebrar otro dos de agosto? ¿Quién va a pensar en Nueva York otro 11 de septiembre?—  y otras insignificantes, siguiendo el consejo de que para continuar el camino es mejor soltar lastre. Cada uno tiene sus ritmos de etapas en la vida, pero sabes que quien no ha madurado ya, no lo va a hacer nunca.

Me gusta que no hayas perdido tu alegría por vivir, tus ganas de hacer planes en familia, tus ilusiones por el futuro. Y esa mirada infantil que se te pone cuando ves que llega a la mesa el plato que has pedido; da gusto verte comer. Me quedaría horas observando cómo te relames, cómo saboreas esa copa de vino que coges con ansias. Y tu mal genio, tus enfados de hermanos que duran minutos, la rabia que te entra, el coraje que sientes, lo rápido que perdonas, lo profundo que olvidas —recuerda que tienes que dejar espacio a nuevos aprendizajes— y lo mucho que te gusta la playa.

Eres una niña tonta en el apogeo de la etapa más joven de la edad adulta. Cómo te marcan las decisiones que tomas, lo bien que hiciste en meter la cabeza desde el principio —esa cabezota tuya—, lo tranquila que te has vuelto de repente, lo mucho que has aprendido, las personas maravillosas que has conocido y que estarán contigo en la cercanía o en la lejanía, pero para siempre. Esa venda que llevabas te pesaba mucho, era de lija. No querer ver es de ciegos. La realidad no es una película, es mucho mejor. Y a veces peor.

Ya bordas la pasta fresca y te apoyo en tu misión de conseguir una cocina de gas. Somos unos cuantos los que vamos a lucrarnos de ello.

Pongamos una fecha, porque determinar el origen de todo va a ser complicado: agosto de 2014. Una cerveza, dos, tal vez tres. Gente maravillosa. Tu futuro estaba durmiendo a tu lado, y tú sin saberlo. Sigue luchando, no te conformes. Siempre puede ser todo más grande, más largo, mejor. Ahora, que vas a ver la inmensidad del Cantábrico todos los días desde el sofá, echa la vista atrás. No está mal tu primer tercio de vida.

Deja un comentario

*